Nombre: aldonza
Ubicación: d.f, mexico, Mexico

Joven de 22 años estudiante de comunicación y periodismo en la FES Aragón.

miércoles, febrero 07, 2007

Texto extraido de la revista emeequis. espero que les guste.


Kapu y sus pies pequeños
Por Alejandro Almazán

En el avión hacia Caracas, Venezuela, la cavilación fue más profunda: ¿Cómo era Ryszard Kazimierz Kapuscinski?Algunas veces había intentado encajar sus textos con esa fotografía que aparece en todas las solapas de los libros traducidos de Kapu –como permitiría que le llamáramos. Pero siempre resultó inútil: en la imagen, mirando fijamente el obturador de la cámara, se mostraba a un hombre con un armazón de huesos bien distribuidos, una mediana calva peinada con meticulosidad y unos ojos centellantes. Una catadura de superstar.Sin duda ese no era el Kapu atrapado en el Congo en 1960, allá en el fin del mundo, bastante convencido de que lo iban a matar las bayonetas de la guerra. Tampoco era ese reportero que, aunque había venido del frío de Polonia, un día en Rusia se vio extraviado y caminó y caminó para no morir en una montaña de hielo. Tampoco el hombre solitario atrincherado en un hotel de Teherán, mientras intentaba comprender con notas y fotos la caída del sha de Irán. Y mucho menos se parecía a ese Kapu sumergido en el continente africano.Imaginé que cuando no andaba tentando a la muerte, se metía en un traje y gozaba de su buena fama. Lo supuse como uno de esos personajes inalcanzables. Así debía ser el reportero más grande, como lo bautizaron otros grandes. El enviado de Dios, como lo llamó… Así debía ser El rey del creative non fiction, aparatoso nombre en el que nunca creyó.Aterricé en Caracas.En el restaurante del hotel ubicado en el barrio antichavista de Altamira empecé a picar algo de carne cuando lo vi entrar con una camisa blanca sin mangas, unos pantalones que parecían negros pero eran azules y unos zapatos de agujeta tipo escolar.–Alejandro, ¿ya conoces a Ricardo? –me dijo Jaime Abello, el director ejecutivo de la Fundación Iberoamericana de Nuevo Periodismo, la razón por la que yo estaba ahí: Kapuscinski daría un curso a distintos reporteros latinoamericanos. Había viajado de Varsovia a Caracas con laringitis, pero no le importaba. No quería quedarle mal al alma de la fundación: Gabriel García Márquez, de signo piscis igual que el polaco.Abracé su mano venosa. Venía de andar por las librerías de Caracas, hurgando algunos textos que le ayudaran para su siguiente libro sobre América Latina.Sus ojos me atraparon. Centelleaban, escudriñaban como lo hacen los tipos duros de seguridad en los aeropuertos gringos. Ahí supe que a pesar de su edad, entonces tendría 72 años, Kapu seguía observando al mundo con los ojos de un niño: con asombro.Después me atrajeron sus pies. Un hombre que había recorrido el mundo no podía tener un pie tan pequeño. Se lo pregunté en la entrevista que le hicimos al final del taller. Sólo sonrió y me sentí un imbécil por desperdiciar el turno en algo tan superficial.La poca cabellera blanca que se aferraba a la cabeza venía desparpajada y su cara redonda, igual que la de su paisano Juan Pablo II, estaba algo rojiza.–¿Piensa hacer algo sobre Hugo Chávez? –curiosee casi al terminar de comer. En Venezuela se vivían días más inciertos que los de ahora; el país venía de un golpe de Estado.–Cuando voy a un lugar me gusta estar muchos meses, por lo menos nueve, para tener una mínima idea de lo que allí ocurre. Me uno a su gente, hago lo que ellos, observo –y por eso no dio declaraciones sobre lo que ocurría en Venezuela, más bien preguntó. Preguntó mucho a los colegas venezolanos.Volví a verlo hasta el día siguiente, en la primera jornada del taller. Se dedicó a escucharnos, a identificar nuestros rostros. Su amor a América Latina no era una fanfarronada. Nos oyó con la mano derecha empuñada sobre su boca, su gesto de costumbre cuando escucha.A la hora del almuerzo, iba con su andar de oso, lento y oscilante. En ese vagabundear era mimado por los asistentes, como hacen los nietos con su abuelo preferido. Ordenó una cerveza fría. Una colega venezolana, Tamoa, le hizo notar sobre su laringitis. “Es lo que hay que tomar en Venezuela”, se justificó y luego dijo que no visitaba ese país desde los años ochenta, cuando dictó un seminario sobre África.Las horas siguientes de aquel lunes nos habló de los cinco sentidos del periodista: estar, ver, escuchar, compartir y pensar. Por la noche se nos perdió. El día siguiente del taller lo recuerdo muy bien: 27 de abril de 2004. Nos hizo ver que la gente buena sí existe. Y Kapu era una de ellas.No tenía un solo gramo de vanidad. Él se abrió el camino sin fingir ser un divo, sin tufos de altivez. Lo hizo gracias a su honestidad, a su ética, a su audacia, a su sentido de la verdad, a su frugalidad y a su curiosidad sin límite. La primera reacción al conocer la noticia de su muerte fue pensar: ¿por qué no se mueren los malos? Ahora reviso mi block de notas del taller. Hojas y hojas están garrapateadas con sus ideas:* El periodismo no puede ser ejercido correctamente por alguien que sea un cínico. El cinismo es inhumano. He conocido a centenares de periodistas maravillosos y ninguno era un cínico, eran personas muy humanas. (Kapu era un ser humano).* Me siento culpable cuando no escribo.* Sigo considerándome un periodista. Y cuando me pongo a escribir no me pregunto si será un cuento, un ensayo o un reportaje. Yo sólo quiero escribir bien.* La revolución de los medios ha permitido transmitir la noticia de manera fácil e inmediata. La noticia se convirtió en un gran negocio. Eso creó una brecha entre los dueños y los periodistas.* Actualmente el poder está en manos de quien posea un estudio de televisión, un diario o una estación de radio. Y a medida de que su negocio se hace más grande, los medios se encierran en una vida propia y desvinculada de la realidad.* El hombre sabe que no tiene influencia sobre las cosas grandes, se limita a las pequeñas porque cree dominarlas, pero esa tendencia restringe al pensamiento. Y eso es un símbolo de nuestra incapacidad para comprender el mundo en el que vivimos.* Todo lo que escribo está precedido de enormes lecturas. (Para El emperador, nos contó que había leído más de 400 libros).* Nunca escribo nada que no sea cierto.* Jamás leo algo que han escrito sobre mí, no me gusta.* No sé lo que es colocar la grabadora frente a alguien, no sé porque no me interesan las declaraciones oficiales ni los discursos.* Al llegar de viaje me interno en mi estudio, sin teléfono, sin contacto con el exterior, así me concentro y empiezo a escribir.* Si no se escribe con pasión, no sirve.* Los periodistas se preocupan más en cómo escribir que en aprender a leer.* (A mi esposa) no le escribo cartas ni la llamo por teléfono cuando estoy trabajando. Hay que viajar solo, aprender un idioma, involucrarse con la gente y no puedes estar pensando en tu familia.También nos contaría una historia que omitió en Ébano:África.Mientras dormía en un campamento en plena selva sintió el aguijón de un escorpión enterrarse en su frente. “No había luz, me toqué la cabeza, me retorcía, pero fue en la mañana siguiente cuando me vi en un pozo: era la cara de otra persona, era tan deforme que no era yo”. Y rió con su sonrisa de niño travieso.Kapu leía lo que pocos, veía lo que pocos y lo guiaba una solidaridad, un amor hacia los pueblos olvidados. Con razón insistía tanto en que para ser un buen reportero hay que ser una buena persona. “Nací en Polesia –hoy Bielorrusia, el 4 de marzo de 1932–, por tanto pertenezco a la estirpe de los desarraigados”, escribió en El Mundo de Hoy, una de sus 21 obras escritas y traducidas en no pocos idiomas (él hablaba al menos siete). Y quizá desde entonces Kapu entendió al mundo. Nació y se formó bueno.Al final del curso nos permitió realizarle una entrevista conjunta. Dos preguntas por colega. Después del turno que había desperdiciado sobre sus pies, le pregunté sobre la muerte, por qué creía que no había muerto si sus compañeros de viaje no salían vivos de la historia:–La suerte –dijo–. Yo también me lo he preguntado muchas veces. En mi vida hay muchas páginas sin explicación racional. He visto caer amigos a mi lado. Esas balas también me tocaban a mí. Creo que la vida me dio mucha suerte.Kapu se despidió de todos en un salón donde tocaban buena salsa. Le aplaudimos como horas antes cuando se dio por terminado el taller. Y se asombró de la andanada, como si fuera un regalo que no esperara. Lo mismo le ocurrió un día antes, en una charla con estudiantes de Caracas. Se sonrojó de tanto elogio.Fue extraño vernos afligidos en la despedida. Un inexplicable virus sentimental nos había contagiado de pronto.Ahora recuerdo cuando se marchó del hotel. Algunos llegábamos de la fiesta nocturna y se preparaba para viajar una vez más por el mundo. Lo esperaban Varsovia y su mujer, una pediatra que nunca lo abandonó.Lo abracé y le agradecí sus enseñanzas. Él sonrió, o al menos eso pareció, porque Kapu siempre parecía estar feliz, aun cuando se enfadara.Entonces volvió a sorprenderme: “Nunca me ha crecido el pie por más que he caminado”, me dijo. Y se fue.